viernes, 15 de mayo de 2009

Conviviendo con el miedo a 275 kilómetros por hora


“No considero la mía una profesión de riesgo, hay otras peores. Además, es mucho más peligroso un tipo que sale a la ruta sin controlar el aire de las gomas o el líquido de frenos que correr en un circuito preparado para eso”. A fuerza de comparaciones, Juan Manuel “Pato” Silva, piloto de automovilismo, trata de escaparle a la idea de que el suyo es un trabajo riesgoso.

Nació en Resistencia, provincia de Chaco, el 12 de octubre de 1972. Heredó la pasión por los fierros de su padre, Manuel Antonio, con quién compartía las tardes en el taller mecánico donde trabajaba, quien le enseñó a manejar a los 8 años. De ahí en más, nunca dudó de su don para conducir, y debutó tan sólo con 15 años en el Karting Zonal, ganando dos campeonatos consecutivos: 1986’ y 1987’.

Como si se tratara de algo personal, y casi de memoria, enumera al ski, aladeltismo e incluso al fútbol –con sus muertes súbitas- como deportes tanto o más peligrosos que el automovilismo. No resulta extraño proviniendo de quien, ganando experiencia y coraje año tras año, logró convertirse en uno de los corredores más famosos de la Argentina. Compite en las tres categorías más importantes (Turismo Carretera, TC2000 y TopRace V6), lo que le ocupa “todos los fines de semana del año”.

¿Su rutina? Todas las semanas corre o prueba autos, excepto los lunes, cuando aprovecha para quedarse durante el día en casa haciendo trámites y arreglando papeles de cobranza; por la noche forma parte del programa de televisión La última vuelta que se emite por Fox Sports para todo Latinoamérica. Los días martes y miércoles prueba en algún circuito cercano los autos que va a correr en el fin de semana, mientras que los jueves parte rumbo al destino de su próxima carrera y ahí se queda hasta su regreso tras la prueba final disputada los domingos. Aunque últimamente está tratando de modificar su almanaque, tomándose los miércoles para descansar y estar con su familia: “Trato de que el miércoles sea como mí domingo”, expresó.

En abril de este año, tras una mala maniobra, protagonizó un espectacular accidente con Omar “el gurí” Martínez. “Quizá quedé mejor que antes. Capaz que se me acomodaron algunos cables. En realidad, no sentí ningún golpe fuerte, no me di cuenta de la magnitud del accidente”, bromeó en aquel entonces Silva, cuyo Ford Falcon (marca a la que siempre estuvo ligado en el TC y en la que le gustaría seguir “por respeto a los hinchas”) terminó literalmente sin techo.

Pasó por diferentes accidentes automovilísticos, pero siempre tuvo la suerte de salir sano, sin siquiera tener que pasar por ningún hospital: “Tuve un golpe muy fuerte en Paraguay, pero ni siquiera fue para internación”, minimiza.

El año pasado, en un grave accidente en el Óvalo de Rafaela, donde se disputaba una fecha más del Turismo Carretera, Guillermo Castellanos murió en el medio de la carrera. Pese a eso, la competencia no se detuvo: “No estoy preparado para eso, pero nadie sabía que había muerto nuestro compañero, no sabemos si las autoridades mayores lo sabían, pero obviamente pega”.

Todo parece jugarle en contra al chaqueño en su afán de minimizar los peligros a los que se enfrenta en su profesión: confiesa que fue en el propio circuito rafaelino donde orilló los 275 kilómetros por hora, la máxima velocidad que recuerda haber alcanzado a bordo de un auto de carreras.

La muerte de Castellanos fue la tercera en el período de un mes, lo que llevó a las autoridades de la ACTC (Asociación de Corredores de Turismo Carretera) a eliminar la presencia de copilotos en las competencias. Consultado sobre esa decisión, el campeón 1999 de TC2000, campeón 2005 de TC y actual puntero del certamen, expresó que está de acuerdo con esa decisión, porque de esa manera se reduce a la mitad la cantidad de vidas puestas en juego con cada semáforo en verde.
Tiene un seguro de vida ordinario, pero no está asegurado como corredor (“las pólizas son tan caras que conviene guardarse la plata uno mismo”). Explica que cuenta con el apoyo de su mujer y de sus hijos, que no le dan mucha importancia al tema, ya que lo toman como una profesión más y la manera que él tiene para ganarse la vida. Contradictoriamente, aclara que le encantaría que sus hijos hereden esta pasión por los autos y los ayudaría a formarse como buenos pilotos pero que el día de mañana va a sufrir si un hijo suyo comienza a correr, pero que va a tratar de educarlos para que se den cuenta de los límites, y de las cosas que son riesgosas.

“Obvio que tengo miedo, si no tuviera miedo sería un inconsciente. Lo importante es estar preparado y saber lo que hay que hacer arriba del auto. Tenés que aprender a convivir con el miedo”, sentencia como si, sobre el final de la entrevista, sus propias respuestas lo terminaran de convencer que, día a día y en su trabajo, arriesga su vida.